Carlos Rubén Castagnini

   (1925-1997)

Cuando se lee a Carlos Rubén Castagnini, uno tiene la impresión de girar a una velocidad alocada. El cuento, en este caso "La hormiga", lleva a un submundo escatológico, por cierto, de muerte anunciada en el cuerpo de Germán. Ratas, hormigas se ordenan de tal manera que llegan a sentirse en la piel. De la misma manera que el amor se apodera del personaje sin que éste pueda salirse de la trampa; entonces la mujer, sus mujeres, son muchas en una sola.

Carminda Madeira Rato
 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

DE LA ANTOLOGÍA

"39 CUENTOS ARGENTINOS DE  VANGUARDIA"

(Selección: Carlos Mastrangelo - Editorial: Plus Ultra - Año 1985)

 

 

          La hormiga

 

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Alguien cerró subrepticiamente la puerta y, ante la  vecindad de la tormenta, Andrés creyó que era el viento, mas luego se dio cuenta de que la cortina de junco apenas se movía. La vieja y pesada puerta no podía ser fácilmente impulsada.

La habitación estaba alumbrada débilmente por una bombita eléctrica, y el camastro desvencijado, maloliente, junto a dos sillas de mimbre ofrecían una visión desoladora.

Sin saber por qué, instintivamente, se quitó el anillo de rubí y lo guardó cuidadosamente en la mesita de luz.

Esa piedra preciosa con la imagen de oro de una hormiga fue regalo de Dorotea y, según la muchacha, tenía la cualidad de preservarlo de los malos espíritus. Lo extraño fue que primero había pertenecido a Germán y, sin él casi saberlo, apareció en su dedo. El hecho de haber acudido a ese lugar tras la muerte de Germán, tenía un sentido de conciencia, y un halo escatológico envolvía su fallecimiento al producirse de la manera más insólita. Fue así por que decidió viajar a Laguna Brava dentro de circunstancias casi inverosímiles, además del misterioso llamado de Dorotea la noche anterior, citándolo en ese mismo lugar para que, precisamente, le dejase el anillo.

Cuando se asomó a la ventana con el deseo de descubrir a ese alguien que indudablemente estaba merodeando la finca, vio la espesura de un cielo preñado de tensiones alumbrándolo en forma intermitente. Sintió miedo, un miedo instintivo que lo llevó a  poner la tranca en la puerta y recostar su espalda sobre la misma. La lluvia se desató con toda intensidad.

Trató de ordenar las ideas, puesto que desde la noche de Laguna Brava todo en él se confundía, igual al mundo en que vivía, preocupado muchas veces por la alienación constante del hombre de su tiempo; un ser cubierto por lo absurdo, dueño de su verdad y vacío de todo sentimiento.

Pensó en su conducta irregular y recordó que todos los consejos que se le daban caían en saco roto.

Sí alguien lo había seguido y se daba cuenta de su miedo no tendría empacho en liquidarlo. ¿Liquidarlo?, pero ¿por qué?, ¿por el anillo, o por la muerte de Germán?

Germán profesaba el espiritismo con fe dogmática, sus dones de vidente puestos de relieve a través de la gente que acudía a él, le hicieron ganar el mote de “mano santa”. Prueba de ello fue su premonición en la que indicaba día, mes y hora de su muerte, por cuya causa descartó toda idea de asesinato, como algunos sostenían, ya que el no murió en ese camastro, sino en las inmediaciones de Laguna Brava, arropado en su infaltable poncho de vicuña.

Recordó la impresión del paisano Luna, vecino del lugar que, al ver el cuerpo de Germán con la cara carcomida por las ratas, y cubierto por millares de hormigas, dio pábulo a la gente que se llegó al lugar santiguándose:

-Las hormigas son todos los males que Germán ha quitado, y agora las buenitas si han tomao la revancha –expresó sarcásticamente, mientras lanzaba una risa burlona.

-Es cierto. ¡Es cierto! –respondió afirmativamente Andrés, ante la sospecha de que alguien lo pusiese en duda.

Había observado la cara del hombre que parecía estar quebrada por un hachazo en dos imágenes; la parte frontal, incluyendo los ojos, permanecía en calma, con la luminosidad que le daba la mata de pelos grises, en oposición a la nariz y boca unidas en una cuenca vacía.

Por intermedio de Jauzarás, el bolichero, dueño de la cosechadora que tantas veces le llamó la atención cuando la veía trabajar  con su complejo mecanismo de guadañadoras, fingió enterarse de muchas cosas; particularmente de aquellas relaciones sentimentales que unían a Germán con Dorotea, la forastera enigmática con la que Andrés tuvo amores y que conoció en el camino del cruce, al tomar el micro.

Nunca se pudo explicar por que su serena belleza lo trastornó al punto de sentirse atrapado como mosca en intrincada telaraña. Es que todas las aventuras de Andrés duraban lo que un suspiro. Siempre eran inconsistentes los contactos amorosos, porque encontraba en todas las mujeres la urgencia de entrega. Si bien las buscaba con sutilezas renovadas, esperaba de las mismas, resistencias. El sexo, para el muchacho, era incentivo de vida; enamorado del amor, mantenía desde adolescente relaciones maritales y extramaritales con dos y tres mujeres a la vez. Pero, últimamente, sintió deseos de someterse a los impulsos de su espíritu y no de los instintos; la dualidad se hizo visible con la aparición de Dorotea.  Andrés recordó que cuando contaba sus cuitas a Germán éste se mostró receloso. Acuciado por las ansias del joven en conocer su pensar, el hombre respondió con expresión lacónica:

-Veo que la influencia de tu madre, con respecto a la virginidad, sigue marcando en tu vida mucho de negativo. No creo que lo sexual, con cualquiera de tus parejas, te exima de ser puro en el amor.

-Sin embargo, ¿por qué me siento feliz con Dorotea, sabiendo que está en continua defensiva, arisqueando mis caricias?

-Te insisto, no es más inferior la que se entrega por amor, que tu Dorotea, jugando para casarse con vos.

Llevado por sus palabras y pensando en la atinada reflexión de Germán, un día el muchacho invitó a Dorotea a pasar el fin de semana en el Salto Argentino (se había propuesto acostarse con ella), aunque le expresó su íntimo deseo de visitar el sepulcro de Pancho Sierra.

La extrema religiosidad de Dorotea cuando rozó el patinado mármol de la tumba del “hermano”, claveles rojos y blancos, le hizo pensar en cuan ridículo era todo eso; observó el brillo intenso de aquellos ojos y a su mente vino la continua temática panchosierrista en labios de Germán, “Hoy, otra vez, bajo entre vosotros a la tierra, con el corazón completamente lacerado por la impúdica maldad, que de los vuestros asciende hasta el mío”.

Andrés no alcanzó a interpretar el simbolismo cuando Dorotea sacó de uno de los floreros de la tumba dos claveles rojos y dos blancos, aunque después, al regresar hacia el balneario, le preguntó si había pedido por la estabilidad emocional de ambos, a lo que ella respondió: “se cumplirá para nosotros lo mejor”, en tanto no cesaba de acariciar los claveles rojos, más lozanos que los blancos. Andrés leyó en los pensamientos de la muchacha una urgencia en los pedidos de gracia.

A través de la espesura del parque, se filtraban los rayos de un sol otoñal, y el agua mansa y cristalina del balneario, en un remanso intensamente azul, embellecía el paisaje. Fueron hasta la confitería del hotel, donde tomaron dos aperitivos. Andrés reiteró su amor, más el deseo de tomar habitación. Dorotea aceptó sin retaceos la proposición  y, en la intimidad del cuarto le comentó cuánto tiempo había estado aguardando ese momento, pero no podía dejar de decirle que en su vida afectiva existía otro hombre. Andrés preguntó sobre su nombre sin obtener respuesta alguna, hasta que, al llegar la madrugada, confesó que el amante en cuestión era Germán. Esto no le causo sorpresa; en más de una oportunidad lo había sospechado, porque no desconocía las artimañas de que el hombre se valía  para sus conquistas: invocar ante el paciente los nombres de Pancho Sierra y la Madre María.

Un odio enfermizo sacudió el espíritu de Andrés, de ahí las ansias de silenciarlo. Cuando a los dos o tres días lo encontró en sus sesiones habituales, Germán demostró interés por saber si el trato con Dorotea marchaba, si la muchacha había o no cedido. El joven respondió que no y, además, le manifestó que eso era asunto suyo. Dejó pasar un tiempo sin verlo, en tanto las relaciones con Dorotea empezaron a espaciarse, no por él, sino por la muchacha. Por razones de trabajo Andrés tuvo que ausentarse y, cuando regresó a su departamento, lo encontró invadido por las hormigas. Habían ganado los zócalos de la cocina y el dormitorio. Mientras estaba atareado en la operación de echar hormiguicida sonó el timbre de la puerta. La breve esquela que trajo el portero terminó por desfallecerlo: “En recuerdo de lo que fuera nuestro amor, te ruego me olvides. Dorotea”.

Aquellos trazos simples escritos con rasgos ilegibles eran el final de una etapa difícil de superar. Pese a los obstáculos casi insalvables, le quedaba como única alternativa destruir la causa del mal: Germán.

Esa noche rumió rabia incontenible y, no obstante el cansancio del viaje, se levantó más temprano que de costumbre. Comprobó sorprendido que, lejos de desaparecer, las hormigas aumentaron en forma considerable. Llamó al portero para que le explicase el fenómeno. El hombre temeroso por hecho tan inusual, atinó a decir que tampoco lo entendía porque los departamentos eran nuevos. Recordó una frase de Germán: “Las hormigas son síntoma de desgracia”. Llevó su mirada al anillo donde la figura del insecto parecía sobresalir de su relieve. Una mezcla de zozobra y de miedo lo fue inquietando al paso de las horas. Las hormigas seguían implacables, demoledoras, en caravanas interminables, formaban sobre las paredes un friso movedizo. Sin ver ya la forma de exterminarlas, optó por viajar al pueblo para entrevistarse con Germán.

Cuando llegó había anochecido. Le extrañó no encontrarlo en su cuarto, pero de pronto, vio sobre la mesa de noche una nota que parecía estar esperándolo:

“Moriré hoy, 15 de septiembre, a las diez de la noche, en las inmediaciones de Laguna Brava, Germán”.

Siendo las nueve pasadas, se fue al lugar pensando que algo anormal iba a suceder.

Atravesó el campo en medio de sombras iluminadas por una luna creciente y matizadas de incandescentes bichos de luz. El ladrido de los perros y algún graznido de lechuza en aquel páramo aumentaron la tensión de sus nervios quebrantados desde el alejamiento de Dorotea, junto a la acción inconcebible de Germán, con el agregado de las hormigas en esa invasión insólita que, a no dudarlo, habrían terminado ya con su departamento. No sentía el peso de las piernas sobre sus pies, que parecían tener alas, en su ansiedad de enfrentarse con el hombre, aunque tuviese que arrodillarse ante él, en un intento desesperado para que lo ayudase a romper el hechizo en el cual creía estar prisionero.

A medida que avanzaba en la noche, el parche interior de la luna parecía volcarse en toda su plenitud sobre Laguna Brava. Una luz lechosa primero, transparente y nítida después, le hizo ver en todo su continente la figura fantasmal de Germán. Su voz metálica y tersa le entorchó la cara cuando le dijo:

-¡Te esperaba! ¡Sabía que vendrías!

Vio que el cuerpo de Germán se elevaba desde una tierra encendida envuelto en humo sulfuroso, cuyos reflejos rojizos daban a su rostro un aspecto diabólico, por lo que todo en él lo llevó a hacer desaparecer aquella figura que se le antojó maldita. Le pareció sentir el golpe seco, asestado con el hacha encontrada en el camino, porque el hacha no estaba en sus cálculos, y hasta hubiese podido jurar y afirmar que todo eso había sido producto de una mano extraña que se le anticipara en el lugar, esperando su llegada para concretar el crimen. La actitud de Germán, en posición de espera, fue lo más incomprensible de tal situación; situación sobrenatural que pudo comprobar para su tranquilidad, ya que los vecinos no habían descubierto el arma homicida. Angustiado, y sin poder resistir la bárbara y cruenta acción, echó a andar hasta la ruta a fin de aguardar el micro de las once y media.

Trató de pasar sin ser visto ante Brunilda, la vieja momia que en ese momento parecía desplegarse de las sombras a través de la puerta del boliche. Pese a sus retinas borrosas, sabía que la vieja veía en la oscuridad como la lechuza y, no estaban equivocados los que así lo aseveraban, porque aun tratando de pasar inadvertido en el cruce, ésta lo conoció:

-¿Y ánde va con tanto apuro? Ricien yega y va dirse otra vez?.

-Me esperan en la ciudad. No puedo quedarme.

-¿Asunto è poyera? gûeno, pa`  qui ha di ser mozo y fuerte. La Dorotea estuvo ayer, está gûenita como miel, dispués `e su cura. Germán le dio rimedios pa` el amor. Aunque él entuavía no concía a la “Hormiga negra” , ja…ja…ja…

No obstante la borrachera, notó en el ánimo cansino de esa vieja sin tiempo un firme deseo: no decir nada (era incondicional a Dorotea), la evidencia saltaba a la vista. Pero ¿Por qué la había llamado hormiga negra?, por qué, el anillo con la esfinge del insecto, y la invasión de aquéllas en su departamento hasta llegar a desesperarlo? Las preguntas se relacionaban unas con otras existiendo en ambas el mismo origen. La espera del micro se fue haciendo penosa. Si alguien más lo reconocía, la certeza del seudocrimen no tardaría en revelarlo como el asesino. Como Brunilda era tan afecta al alcohol, dirían que estaba borracha, pese a que la nota de Germán era por demás explícita en lo relativo a su muerte.

Cuando estaba entregado a estos pensamientos, llegó el micro. Al no reconocer a ninguno de los pasajeros se tranquilizó. El recuerdo de Laguna Brava asomaba como herida abierta en plena piel. No alcanzaba a comprender hechos tan absurdos, concebidos mas por un escritor de temas fantásticos que por un incipiente viajante, imposibilitado aún de conseguir su herramienta de trabajo: el automóvil. Aquellos sucesos tan inesperados dieron cuerpo a las aprensiones sobre las hormigas y, al llegar a su departamento, se sintió, otra vez, turbado al ver las paredes sombreadas y espesadas por un incesante peregrinaje, semejante a un friso espectacular. No sabía por qué aquellos minúsculos insectos le resultaban atrozmente carnívoros, similares a jaurías humanas que aún pululaban en la bien constituida sociedad, socavando los cimientos de cualquier estructura con tal de expandirse y buscar su alimento. Miró la cama en completo desorden. Sacudió las sábanas para cerciorarse de que las endemoniadas no habían invadido su única jurisdicción que, al fin de cuentas, era el lecho. Respiró aliviado pensando que el avasallamiento no sería a su persona, pero, ¡cómo dormir con la visión de Laguna Brava!, ¿cómo determinar los instantes que precedieron a su partida en la cual todo su ser actuaba, mas condicionado a reflejos interiores que a causas externas difíciles de definir?, ¿por qué ese apasionamiento enfermizo hacia Dorotea lo llevó a enceguecerlo de toda razón al punto tal de hacer odiar a Germán?, ¿y el deseo de verlo la noche anterior, correr a él forzado por las hormigas en su fantástica invasión?, ¿y la nota encontrada en la mesita, indicando su muerte y lugar?, ¿y la transfiguración de la cara de Germán, envuelto en ese humo sulfuroso surgido desde el fondo de la tierra; mientras todo su cuerpo parecía dominar la noche y sus silencios?, ¿y su ímpetu de llevarlo a él y, sin quererlo su voluntad, destruirlo con esa hacha asesina que apareciera sin buscarla dentro de un marco de hechicería?

Todas esas preguntas terminaron por suspenderlo en un espacio sin tiempo, en que la aprensión enfermiza de las hormigas acabó por aventar las escenas tan intensamente vividas en Laguna Brava.

La idea de descansar sus huesos entumecidos en esa cama, deseando dormir, a pesar del miedo de ser visitado por tan extrañas huéspedes, terminó por convencerlo de que debía acostarse. El sonido del teléfono dio un vuelco más a su inquietud. Atendió, y reconoció la voz blanda y tierna de Dorotea cuya inflexión acariciante lo emocionó:

-Nada temas, mi niño grande. La hormiga negra, tu Dorotea, ha vencido a Germán. Mis amigas lo hicieron en vos.

-¡No entiendo nada! ¿Quién sos, y de qué infierno venís?-contestó con calor el hombre.

-Yo hice escribir en trance a Germán la nota que leíste sobre la hora y día de su muerte –respondió la muchacha sin cambiar de tono.

-¡Vos, vos!, ¿qué demonio habita en tu alma?  ¿Quién sos?

-Muchas en una sola que ha crecido a través de Germán. ¡Ah, mi querido!, mañana necesito verte. El anillo que te regalé quiero tenerlo en la mesita de luz de Germán.

Con la angustia reflejada en los ojos, y rota su conciencia, colgó el auricular y se encaminó a la cama.

Las endemoniadas habían sitiado ya su lecho. Tomando lo necesario salió del departamento y se hospedó en el primer hotel que encontró, hasta esa mañana en que viajó a Laguna Brava fingiendo haberse enterado de la aparición del cuerpo de Germán a través del bolichero.

Y se vio ahí, como si estuviera huyendo del mundo y de las cosas. Le pareció mentira estar cara al techo oyendo el sonido del viento semejante a un vocerío infernal que pronto lo fue cubriendo.

Todo fue quedando atrás, cuando la puerta se abrió empujada por un gran turbión neblinoso enrareciendo el ambiente hasta oscurecer la luz macilenta de la bombita eléctrica.

Intentó levantarse y se sintió como estaqueado en el colchón mugriento. Una visión lo retrotrajo al Museo de Luján, cuando de chico su madre lo llevó hasta él para que viera los crímenes horrendos de la tiranía rosista. Aquél hombre tendido en el cepo lo relacionó como un Cristo nuevo. Así se reflejó en ese instante cuando las hormigas avanzaban hacia él como una nube densa, oscura…

Grandes, panzonas y velludas, tenían el tamaño de ratas hambrientas y fueron trepando por las frazadas con movimientos rápidos y sinuosos.

Sabía lo inútil que sería intentar huir porque su cuerpo estaba casi paralizado desde la cabeza a los pies.

Sintió los párpados, la frente, los labios como un bosque en llamas. Las mandíbulas de las invasoras, a la manera de tijeras, cortaban el tejido de la tela de su traje, de la ropa interior, de todo cuanto lo envolvía. Eran como miles de saetas que se incrustaban en su piel. En un esfuerzo supremo trató de incorporarse al verse bloqueado por ese alud hirviente.

Necesitaba gritar, pero no podía, aunque dentro de él estallaba un grito ronco, impreciso, rugiente hasta la locura al apercibirse de que las malditas se encaracolaban en sus ojos como si trataran de desprenderlos.

Perdió toda visión y experimentó un agudísimo dolor en la garganta porque las hormigas lo estaban devorando. El sonido crujiente de los garfios carnívoros desgarrando sus carnes lo llevó otra vez sin conseguirlo a querer incorporarse, pero cayó finalmente en un estado de inconsciencia absoluta.

Ya no sentía el dolor de las carnes, aunque el espíritu seguía viviendo intensamente con todas las fuerzas de su tragedia.

El dolor físico cesó cuando se vio transportado a esos momentos en que su piel se fundía en el cuerpo de Clarita, aquella muchacha tan pura de alma que él nunca había llegado a conocer porque la veía hembra; o Luisa, la hija de los Ruiz, que en el maizal se le entregó como paloma indefensa, o aquella Carmen, casada con Ezequiel Padilla, a la que dejó encinta, y que al descubrirla el marido terminó por ahorcarla en la higuera, junto al brocal bordeado de azucenas.

La oscuridad y el silencio levitaron su mente a un espacio infinito hasta arrancar de raíz su cuerpo…

Cuando el sol otoñal entró en aquella lúgubre y sucia habitación, una sombra alargada y deforme reptó lentamente sobre el piso de ladrillos.

La sorprendente y repulsiva figura se fue transformando en una vieja y hierática mujer. Era Brunilda contemplando los despojos del hombre y que, esbozando una mueca, sacó del cajón de la mesita de luz el anillo de rubí con la figura de la hormiga.

 

 

 

 

 

EVA RUIZ OBRA FRÁGIL ALA DE LA POESÍA LA LENGUA VIVA ALAMBRES ESE LUGAR LA VIDA

Eva Isabel Ruiz Barrios.

Copyright © 2007. Reservados todos los derechos.

Revisado: 14 de abril 2012

 

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