LITERATURA CONTEMPORÁNEA

       

CUENTO

 

 

Restos amarillos

     
                       

Eva Isabel Ruiz Barrios

 

EVA RUIZ OBRA FRÁGIL ALA DE LA POESÍA LA LENGUA VIVA ALAMBRES ESE LUGAR LA VIDA

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La vereda estaba rota, entre charco y charco la luna se alargaba, desaparecía detrás de las vainillas rotas, ¿por qué habrán tenido que estropear este lugar? se preguntó, mientras seguía punzando las piedras desparramadas con la aguja de su zapato. En la puerta no había nadie, ni en el hall. En el ascensor se miró en el espejo, se encontró el resto meloso de una hoja entrelazada en su cabello negro, sacó el peine y tiró la hoja , con un quejido, porque enredó su pelo. Suspiró y recién entonces apretó el número 8 del elevador, como si hubiera conexión entre esos dos actos, su mente le disparó dardos de punzantes recuerdos, seis habían sido la última vez, fue difícil esa noche pensó, mientras se perdió en la impresión de telaraña que erizó su cuerpo, embadurnada en el asco, la rescató la danza de los siete velos, como la llamaba, el desnudo por el cual le pagaban más de lo que le pagaban a las demás, y le permitía darse algunos gustos como tener un cuadro de Gucemas en su sala, y en su dormitorio, junto al verde de sus ventanas, un Quinquela Martín. Una de las compensaciones que le daba la vida, por aguantarse la envidia de las compañeras que olfateaban su pedriguee. El último velo se lo sacaba el primero de la, a veces, larga fila de clientes y así comenzaba la parte, digamos, práctica. El ascensor se detuvo frente a la puerta y ella bajó con breves pasos. No necesitó llamar porque la puerta fue despejando la figura de un gordo con anteojos, que la miró como pelando una banana. -Buenas noches-, ronroneó ella. -Hola mamita- contestó el gordo. -Voy a prepararme- dijo y se abrió paso entre las voces hambrientas que le parecieron multitud. Mientras se cambiaba, entró el gordo y ella, sin taparse, buscó el DVD que le entregó para que lo pusiera. Después de cinco minutos, quién sabe, qué invocación salvaje la tomó por completo, lo cierto es que la puerta, entreabriéndose, coreografió su pierna voluptuosa, hasta aparecer completa y desnuda debajo de las gasas, provocando alboroto. Como en una cinchada, tuvieron que sacarle el último velo, porque, presa de un frenesí inacabable, no paraba de bailar. Parecía tomada por un espíritu, pero nada opacaba la sensualidad de sus movimientos y, uno a uno, terminando por Andrés, fueron experimentando los demonios de su cuerpo.

En ese momento sonó el timbre, el teléfono estaba desconectado, sólo quedaba pensar en la puerta, al abrir, estas dos historias se juntaron, como dos pensamientos en medio de la lluvia. Esteban, mi jefe, me había pedido que visitara un par de antiguos clientes de la revista, y me había casi conminado a hacerlo ese día, aduciendo, como todo jefe, la consideración y privilegios que me eran otorgados, no era mi tarea, pero accedí, privilegiándolo con mi consideración, ironicé. La noche comenzaba a chirriar, me entretuve en algunas vidrieras impías que miré de reojo y, cuando ya no había sombras llegué, con la parsimonia que imponían los escombros y las veredas convalecientes. Me atendió un hombre con anteojos, que intentó sacarse de encima cualquier visita molesta y casi lo lograba, si no es porque me pareció ver el abrigo de Andrés sobre el sillón, y copas vacías y un velo magenta en el suelo. Insistí, levantando mi voz sobre la música de fondo que la tapaba, de tal manera que me dejó entrar ante la sorpresa de los demás, que pensaron que era la segunda parte de la fiesta. Y no se equivocaban, estaba colérica, Tramé la venganza en los segundos en que mis ojos vieron una segunda coincidencia: los guantes que le había regalado, en el día de su cumpleaños, diseñados con los colores recurrentes de su corbata delataban a su dueño junto a los restos amarillos de las copas y las botellas semivacías. Ya no había dudas ni tampoco tiempo para pensar, el dolor se alimentaba como caníbal de mi orgullo desangrado. -¿Vos también bailás?- me preguntó un forzudo con cara de tomate surrealista, y me arrancó el último vestigio de sensatez. -Sí, claro- contesté. -¿Dónde esta el baño?, necesito arreglarme-. En él se encontraban las cosas de mi ocasional compañera, estaba desordenado, traté de serenarme. Sobre el mármol había un bolso, junto al él, una pequeña libreta llena de papeles atrincherados, cosméticos de Pupa con colores de gallinas desnucadas. Buscaba encontrar algo para ponerme, una lágrima rodó por mi mejilla como una estrella en la lejanía, en la torpeza de mis movimientos tiré el bolso, asomó un exótico body de leopardo, una boa con bigotes de tigre de Bengala con problemas hormonales, una peluca y con mis 100, 75 y 95 y mis auto-reproches. me vestí, cuando me miré al espejo uno de mis esfuerzos intentaba salirse por los costados, logré acomodarlo. Por un momento me sentí crema de moka adentro de una manga repostera. Cuando terminé de maquillarme, había pasado, apelé a la palabra mágica: manjar de los dioses y consuelo de los humanos. Entré tipo Liza Minelli en Cabaret, aparición un poco exagerada, pensé después. Pero la música y la admiración libidinosa de los ojos masculinos, me dieron bríos de corista veterana, casi lo disfrutaba si no hubiese sido por las ráfagas de arena y los granos de pimienta que se metían en mis párpados. Andrés se multiplicaba como una guirnalda a mi alrededor. Música, florero, botellas, ventanas, cuadros, giraban cada vez más rápido y luego el cadalso seco y contundente de su voz y la peluca y los velos que caían a un costado del camino.

 

 

---------------------------------------------------------

De la Antología Premio Nacional de Literatura - Tres de Febrero 2006 -

 

Tweet

                                                                                            

 

Eva Isabel Ruiz Barrios.

Copyright © 2007. Reservados todos los derechos.

Revisado: 17 de enero de 2011