Dejo colgar en mi silencio

 

Dejo colgar en mi silencio
las prendas,
los harapos,
el calor, el frío,
en fin, las veleidades térmicas del mundo
y sigo caminando en un arrullo de voces
de hombres y mujeres meciéndose
en una jaula de cemento y portafolios.
Dejo colgar en mi silencio
en apática camaradería,
como si fuera un hábito de monje,
una palabra que se deja llevar por la circulación del cuerpo,
un acto de piedad mutuo,
la explicación matemática del mundo.

  Del libro: Ese lugar, la vida (2011)

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